"...como arrastro pesado
el aire de metal,
arrastro pesado palabras.
Escribo pesado
arrastrando el sentido sentido
que no puedo
más que arrastrar
como arrastro pesado
el aire de metal.
Y surco el papel
aro el papel
papel arado para sembrar."

28.5.09

Microrelato

En la estación la estaría esperando Manuel para pasar el fin de semana lejos de la ciudad, respirar otro aire, tomar mate. Pero esas vacaciones ya habían empezado para Nina. Retomar la novela que él le había regalado era parte del plan de hacer esas cosas para las que nunca se hacía el espacio, como disfrutar de un viaje en tren y olvidarse del tiempo reloj.
Sentada junto a la ventana, entre párrafo y párrafo miraba el paisaje: cómo la ciudad abarrocada de cemento se iba volviendo desierto verde y celeste. Si lograba entrar en la novela, ver a los personajes, habitar ese espacio, habría logrado mucho más que leer una novela. Pero había sido un viernes sofocante y era difícil no pensar en los papeles desordenados de su escritorio y en los detalles del contrato que había cerrado esa mañana. Y en Manuel. La estaría esperando con el auto en la estación de Santos Lugares para llevarla a la quinta. Tendría la mesa lista y llena de flores para cenar en la galería, bajo los farolitos coloniales.
Nina sacudía la cabeza como desparramando sus preocupaciones al suelo y volvía a asomarse al libro. Sin despegar los ojos de la novela, se veía a sí misma iluminada con la luz de la ventana, leyendo, el cuerpo apenas sacudido por el vaivén del tren. Esa imagen le gustaba: ella en un doble viaje, rodeada de gente en sus propios viajes, algunos durmiendo, otros escuchando música, otros mirando hacia delante y uno… mirándola a ella.
La mirada era constante y le pesaba, pero decidió no levantar la vista y envolverse en la novela. Leía lo mismo una y otra vez, se detenía en el dibujo de las letras. No paraba de pensar en lo contento que se pondría Manuel cuando llegara y le dijera que había terminado el libro, que lo había leído de un tirón. Sería prueba de su amor, de su entrega, ceder al movimiento del tren y que la lectura avance con su ritmo. Como el viaje a la quinta. Nina por fin en el mundo de Manuel. Pero le costaba dejarse llevar. No podía pasar de la segunda página y la mirada aguja de aquel hombre persistía. Era inevitable constatar de reojo que el de saco gris la seguía observando. Ya agotada, levantó la cabeza y lo miró de pleno. El hombre no se vio inhibido y ella tardó unos segundos, pero lo reconoció.
Después de siete años de relación, Pablo había viajado a España y a los tres meses, en un llamado, le dijo que se quedaría a vivir ahí. Habían pasado cinco años.
Pero Nina no se acordó de eso, del final, de los enojos irreparables y las tristezas oceánicas, ni de todo el palabrerío que vino después. Nina giró rápidamente la cabeza hacia la ventana y se acordó de los ataques de risa, de cortar papelitos de colores hasta las tres de la mañana y de domingos con el sol astillando los vidrios del cuarto. Se acordó de lo fácil que era amar a Pablo.
Próxima estación: Santos Lugares. Cerró el libro sin terminar y lo guardó en su cartera. Manuel la estaría esperando. Como siempre. Nina sabía que debía llegar sin negocios ni urgencias, sin ruido. Leer la novela habría sido estar un poco más cerca de eso.
Sacó el bolso que había puesto debajo del asiento, pidió permiso y caminó por el pasillo. Pablo venía desde el fondo del vagón. Ella se detuvo junto a la puerta. Él frente a ella. Nina apoyó el bolso en el suelo para tener los brazos libres y se rió chiquito. Se quedaron entreverados, contra la puerta. Levantando un muro.

1 dicen que...:

vale dijo...

Qué lindo final. Me gusta mucho la ultima oración. Los finales al fin y al cabo terminan por definir muchos episodios pareciera.